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IN MEMORIAM DR. ALFREDO PIÑEYRO (1936-2009)

(Artículo publicado en el periódico El Norte en la página 5A el día Martes 18 de Septiembre de 1990).

Por Salvador Borrego.

“El Dr. Piñeyro es para la Universidad lo que Jesucristo es para la Iglesia”, así lo expresó en público una influyente universitaria que tiempo después se convertiría en opositora del Dr. Piñeyro López, exrector de la UANL y actual director de la Facultad de Medicina de la misma Universidad.

Otro distinguido universitario, en el ambiente de la campaña electoral antepasada para elegir director en la Facultad de Medicina, comparó a Piñeyro con el benemérito neolonés Dr. José Eleuterio González, conocido cariñosamente como Gonzalitos.

Seguramente muchos lectores considerarán exageradas las afirmaciones anteriores, pero el hecho es que a tal nivel de exaltación llegaron algunos universitarios en relación al personaje de quien hoy escribimos, en contraste con una imagen que a juzgar por lo que trasciende a los medios de comunicación ha sido mal cultivada.

Planteamos lo anterior por que el entusiasmo volvió a desbordarse en la Facultad de Medicina por Piñeyro quien, a sus 54 años, defendió su tesis doctoral en medicina donde demuestra, in Vitro, que un elemento de Karwinskia Humboltiana (tullidota o coyotillo) podría utilizarse para curar tumores malignos, particularmente cáncer en hígado y pulmón.

Se critica de Piñeyro el sistema político sanamente feudal que estableció cuando fue rector para dar orden a la Universidad, sistema que deja la suerte de las escuelas dependiendo de modo muy importante en la calidad académica y política de quienes dirigen cada una de las escuelas.

Lo anterior explica que mientras en algunas escuelas universitarias el ambiente de paz ha significado la posibilidad de trascender, en otras sólo ha servido para perpetuar a grupos políticos en el control de las escuelas, en menoscabo de la vida académica.

El esquema político implantado por Piñeyro se fundamenta en fortalecer el poder interno de las administraciones de las escuelas, quienes a cambio de ese poder interno se comprometen a apoyar a un poder central, la rectoría, para mantener la paz universitaria.

En los tiempos que antecedieron el rectorado de Piñeyro el problema universitario más reconocido por la comunidad era la intranquilidad. Estudiantes y maestros en su práctica política frecuentemente rompían el orden, o como se expresaba por algunos distinguidos líderes de opinión, alumnos y maestros hacían –disculpen, debo decir hacíamos- mítines, motines y mitotes.

Las soluciones que se dieron al problema del desorden nunca acabaron de convencer. Por un tiempo se habló de una paz comprada, y después se habló de autoritarismo.

Curiosamente Piñeyro encuentra una sustancia que mata células cancerosas sin dañar las células sanas, y precisamente la Universidad requiere algo similar: una política universitaria que mantenga el orden sin matar la iniciativa y el amor por la academia de los profesores.

Ciertamente en muchas de sus actuaciones Piñeyro deja ver una personalidad autoritaria, pero nadie pude negar que ha trabajado intensa e inteligentemente por la Universidad.

Podremos no estar de acuerdo en las decisiones que tomó en relación al Sorteo del Tigre, pero ciertamente la ley no contemplaba como impedimento que se pudieran donar los boletos no vendidos a una institución educativa.

Es difícil hablar de Piñeyro sin hablar de política universitaria, por eso me fue imposible no tocar ese tema, pero el propósito original nuestro era hablar del investigador universitario que hoy regala al mundo una esperanza.

Decíamos que el entusiasmo de desbordó en la Facultad de Medicina por un hombre que ha sido siempre defensor de la investigación, que aún ocupando la rectoría jamás desatendió su cátedra, además de ser un impulsor de las jóvenes generaciones de médicos que han alcanzado los máximos niveles académicos en universidades extranjeras.

Piñeyro es un universitario en extremo valioso, que ha triunfado en las lides universitarias, y mantiene al interior de la Universidad un envidiable prestigio de hombre político y de hombre académico, pero sobre todo de hombre a secas, y es por así decir, al margen de ideologías y estilos, el tipo de universitario que necesitan nuestras instituciones públicas de educación superior.

He insistido en este espacio en que los rectores y directores universitarios deben tener el grado doctoral para que puedan ejercer un efectivo liderazgo académico.

No puedo en consecuencia pasar desapercibido el mérito de Piñeyro, a quien felicito para ser congruente con mis afirmaciones anteriores, aunque confieso que podría también felicitarlo por amistad.